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Patagonia Xtreme Triathlon en primera persona; por Francesca Braghetto

Updated: Sep 14

No era tan raro imaginar que a estas alturas de mi vida iba a estar dedicada en cuerpo y alma al triatlón, para nada! Porque no es solo que el deporte me ha gustado siempre, sino también los desafíos, aventurarme, probarme y constatar que mis ganas, mi temperamento italiano y mi corazón siempre se ponen al servicio de lo que quiero hacer.



Cuando niña era inquieta, estaba en mi propio mundo, no me entretenía mucho con los juegos tan tradicionales de niñitas, lo mío era la naturaleza y la actividad física. En todas mis etapas ha estado presente el deporte y he pasado feliz por varios: primero el tenis, cuando tenía 4 años, pasando después por gimnasia y patinaje, hasta que me reclutaron en básquetbol. Sí, básquetbol, con mi 1.51 m de altura. Grandes amigas, grandes profes y ¡qué decir de los partidos! No puedo olvidar el fútbol, siempre presente en los recreos del colegio: me invitaban a jugar y lo pasaba muy bien con mis amigos.


Ya más grande ir al gimnasio, correr y hacer sesiones de pesas no era suficiente. ¿Y si empiezo a entrenar running? Necesitaba una actividad que me mantuviera bien física y mentalmente y así empecé….



Luego de haber cumplido algunos desafíos en el trote, a mí y a mi marido nos “picó el mosquito” de hacer algo más trascendental en nuestras vidas, algo que implicara un verdadero cambio de hábitos y conductas. Así comenzamos, primero tuvimos que adaptar nuestra rutina y organizar nuestras jornadas de entrenamientos, alimentación y logística familiar para lograr rendir en todos los ámbitos de nuestras vidas. Comenzamos a entrenar Triatlón.


Dicen que para generar un hábito tardas 21 días y, honestamente ¡¡Lo logramos!! No sé si fue en ese tiempo, pero ya han pasado casi 10 años, con altos y bajos, pero siempre perseverando. El año 2018, luego de haber hecho varios “medios” aparece el Patagonman (Patagonia Xtreme Thriatlon). “Esta carrera es para ti” me dijeron… ¿Pero cómo, si solo he hecho 70.3? “No tranqui, vamos con calma”. ¿El 2019 vamos? ¡Vamos! Fue mi respuesta. Y así fue: mi primer full. Quería hacer un full IM, pero con significado: un IM que rescatara los valores originales del triatlón, aquel que comenzamos a practicar buscando el cambio, el que “cada brazada vale”, el que “pedalear te da humildad” y que “el triatlón se termina corriendo delante de todos tus fantasmas y demonios”.


La preparación fue con calendario en mano, junto a mi profe (Andrés Barraza), el que me dijo textual “Franchi, esa carrera es para ti”, armamos en calendario de carreras preparativas y controles. Mi nutrición con Pili Caviedes y entrevistas a participantes de la primera edición. La preparación siempre fue tratando de simular la realidad y lo primero es aceptar que todo puede suceder y que estarás sola… ¡muchas horas sola! Yo y nada más. Lo segundo, que mi soporte de carrera realmente es el me “soporta”, porque al final la carrera es el examen. La verdadera prueba es lo que hay atrás de la carrera en sí, los largos en solitario, las madrugadas, los porrazos, el frío o el calor, los dolores, el cansancio. Y por lo tanto todo lo que puede arrastrar con el camino que decides recorrer.


¡CUENTA LA CARRERA “POH”! (Jajajaja!)

Es muy larga, jajajaja. Luego de despedirme de Manuel (mi marido y soporte, obligatorio ya que es una carrera auto abastecida) y subir al ferry, lo primero que hice fue pedir permiso a “La Patagonia” para entrar a la carrera, agradecer la oportunidad y recordar el camino recorrido, los amigos, la familia, y los que ya no están. Esta vez, fue de noche para lanzarme de un salto, cual asesino en su salto de fe, a las oscuras y heladas aguas del fiordo Aysén con los temores de que no viniera ninguna orca o lobo marino por nosotros. En ese momento no sentí frío ni nerviosismo: ya estaba en el agua esperando que suene la chicharra para entrar en ritmo. Calma.




Luego fueron 7 horas de pedaleo con la cabeza gacha bajo tanta majestuosidad de la geografía. Clave el soporte, ya que me conoce tan bien, que tenía absolutamente todo lo que iba a pedir y lo tenía listo para que yo hiciera el menor gasto energético posible, preocupado hasta de las temperaturas del café para no quemarme y “tomara” calor al salir del agua, así como de tener las caramaggiolas con las boquillas arriba y así cada detalle. El trote a 30°C para pasar por el lado a los demogorgones.



Ya pasado el km 40, al fondo en Río Ibáñez diviso una niña sosteniendo un cartel, rompo en lágrimas. Laura, mi hija, estaba esperándome. No lo esperaba para nada y fue el instante más emocionante de la carrera, donde se responde a si valió la pena y, por supuesto, que vale la pena, ya que no existe manera de explicar lo que se siente.



Finalmente, el deporte en general y, esta carrera en particular, me dejaron muchas cosas valiosas como aceptación, gratitud y respeto, mucho crecimiento interior, te hace conocer como mujer e individuo y las diferentes aristas de lo complejas que somos en las diferentes facetas de la vida, de las relaciones humanas.







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