• andrea lopez

Parques Nacionales: El punto de equilibrio



Este verano, recorrí los parques nacionales Villarrica, Huerquehue, Puyehue, Alerce Andino, Hornopirén, Pumalín y Cerro Castillo, además de algunas Reservas Nacionales y parques privados. Una muestra que me permitió reconocer algunas de las barreras que dificultan el conocer los espacios naturales de nuestro país, y que las nuevas generaciones se motiven por estar al aire libre y cuidar esos espacios.


Un parque nacional busca la conservación de la diversidad biológica de un determinado ambiente, pero también, y en la medida en que sea compatible con lo anterior, facilitar el acceso de la población a estos espacios con fines educativos, recreativos o de investigación, lo que implica que esto se realice de forma sustentable y segura.


Muchos de los parques nacionales en Chile permanecen en inciertas categorías como la de "no habilitado", existiendo escasa información respecto a los accesos, rutas, y servicios disponibles. De esta forma, logran el objetivo de la conservación de esos ecosistemas, pero por la vía de la negligencia respecto a su función de permitir conectarnos con la naturaleza. El problema es que así no nos enseñan a cuidarlos, sino que solo nos impiden o, al menos, dificultan el acceso a ellos.


A pesar de iniciativas de marketing recientes como "La ruta de los parques" de la Patagonia, que se entiende busca generar nuevos visitantes, la inversión en servicios para los parques, salvo los administrados por Tompkins Conservation, es muy deficiente. El mismo sitio web de la ruta falla en su única promesa concreta: ofrecer las rutas de los senderos en formato KML de todos los parques que agrupa.


Una de las alternativas, que convierte a los lugares naturales sublimes en parques de diversiones, destruyéndolos para construir carreteras de asfalto que hagan la visita más cómoda, como es el caso en Estados Unidos, tampoco parece ser un buen camino. Pero si pensamos, por ejemplo, en pequeñas acciones, como poner algunas marcas en el sendero, podríamos contribuir a generar una cultura de actividades al aire libre en Chile; o invertir en mantener en funcionamiento un baño químico en la entrada de los parques podría ayudar a evitar que los papeles higiénicos vuelen por los senderos (sí, debiera no correlacionar si fuéramos suficientemente responsables, pero la educación tarda en mostrar sus efectos).


Puede parecer racional disuadir a los que tienen menos experiencia de realizar las rutas más difíciles en los parques y así prevenir accidentes, pero cómo es posible adquirir esa experiencia si son precisamente los parques nacionales los llamados a ser la puerta de entrada a las experiencias en la naturaleza, donde esperamos que los senderos estén marcados, y que existan programas de educación ambiental y al aire libre para que la visita sea una experiencia segura, grata y formadora.


Resulta sospechosamente conveniente, también, que los parques mantengan "cerrados" la mayoría de los senderos más largos por temas de seguridad y, de esta forma, no tengan que invertir en su mantención ni en la educación de los visitantes para recorrerlos, a pesar de que, a sabiendas de todos, los visitantes realizan las rutas de igual modo. La mayoría de los guardaparques están entrenados en revestir de un aire de fatalidad toda ruta de más de 4 kilómetros (advertencias que, hay que agregar, tengo claro que recibo en mayor grado por cargar con la letra escarlata de "ser mujer y andar sola" en la naturaleza), una actitud que poco contribuye a desarrollar (o no atrofiar, en el caso de los niñes) las habilidades para realizar actividades al aire libre. La ruta "familiar" no puede ser solamente el sendero de 1 kilómetro desde la portería, ya que si bien es importante habilitar experiencias para todos los niveles de capacidad, es peligroso que estos niñes crezcan pensando que cruzar un río es necesariamente mortal. Por el contrario, podemos enseñarles a leer el río y cómo cruzarlo, en vez de privarlos de esos aprendizajes y de la experiencia del ensayo y error.


Hay varios accesos a los parques que se encuentran después de cruzar terrenos privados, donde sus propietarios cobran una suma por el derecho de paso. La incertidumbre respecto a si es posible el acceso en estos casos, los temas de seguridad involucrados, y la falta de consistencia entre los distintos parques (con extremos como el Parque Nacional Cerro Castillo cobrando $23.500 pesos por persona, debido a los terrenos privados por los que hay que pasar), hace necesaria mayor voluntad gubernamental por gestionar el tema de los accesos.


Las comparaciones siempre son odiosas, pero tal vez acá sí es posible aprender de Estados Unidos, que ha demostrado una visión a largo plazo en cuanto a desarrollar consistencia en sus tarifas de entrada (con la entrada a un parque costando alrededor de US$30, y el pase anual familiar para todos los parques, solo US$80), en sus servicios y programas educativos, y en sus medios de información, con páginas web completas que especifican los accesos habilitados de cada parque, folletos con todas las rutas principales que se entregan en la entrada al parque, y boletines mensuales que detallan las actividades estacionales.


Privando a la población de la información necesaria para visitar los parques, la democratización del acceso a los mismos en términos de clase y género seguirá encontrando barreras. Los que llegan son los que saben y, si bien internet es una gran herramienta, los que saben de actividades en la naturaleza son los que tienen mayores recursos económicos y, los que realizan las rutas más difíciles, en su mayoría hombres. Por otra parte, asustar excesivamente con los riesgos que reviste la naturaleza, hace que seamos los que tenemos privilegios de información, experiencia y poder, los que podamos jugar a ser rebeldes, no seguir las indicaciones de los guardaparques, e ignorar tranquilamente esas barreras.


Si bien hay mucho que mejorar, creo que estamos en ese momento de inflexión en que nos es posible encontrar un punto de equilibrio entre la conservación y la apertura de los parques, con la clave residiendo en la educación. Esto, sabemos, requiere inversión y una mirada a largo plazo, algo especialmente urgente ahora que el Estado ha recibido nuevos parques para su administración. No lo arruinemos.

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