• isabelcastillotoro

Relatos de Montaña: Andrés Zegers: Todos somos exploradores, o podemos serlo


Sería fácil escribir de primeras ascensiones o récords de velocidad, logros que para la mayoría son extraterrestres o inalcanzables. Como decía R. Messner, “Ustedes conocen solo la punta de la pirámide de mis ascensiones, o la guinda de la torta; detrás de esta, están el pastel y el bizcocho”.



Te tiene que gustar y tienes que disfrutar del pastel y el bizcocho si quieres seguir comiendo guindas por muchos años. En este proceso, me siento un afortunado y valoro esas pequeñas grandes aventuras de a diario. No solamente me gusta la sensación de estar jadeando en un trance para mantener el control de una respiración agitada, luego de un cambio de ritmo o intervalo, sino también apreciar esas pequeñas maravillas que se nos presentan constantemente.


Hace poco fue el festival de las puyas y la llegada de la Primavera Andina. Con ella, la migración de aves e insectos. Cómo no transportarse a otras dimensiones o aquietar la mente cuando te encuentras sumergido en un mar de nubes, el cual, repentinamente y sin sospechar, traspasas en algunos metros. Nubes suben, nubes bajan, algunas te quieren retener y otras, festejan.





Tu ascensión prosigue. Hace rato que no salías, vas más lento y te cuesta más de lo habitual. En eso, aparece el majestuoso cóndor y rey de la invisible fuerza termal, todo lo domina y observa. Una gota de sudor cae en mis ojos y, con ello, la implacable crema para el sol, ufff que regreso a la realidad cotidiana tan violento. Me limpio un poco y recién me percato de los majestuosos Andes de telón de fondo, que aunque ya bien secos, pese a estar en primavera, no dejan de llamar mi atención. En eso, mis piernas ya acusan el esfuerzo, mi respiración agitada se vuelve a hacer presente los últimos metros y acelero el ritmo. Un grupo de añañucas y otras más por aquí y por allá aparecen como pinceles listos para danzar sobre un lienzo.



Y así, sin darme cuenta, llegué hasta donde quería ir e inicio un controlado descenso en la árida y dura tierra. Mis pensamientos divagando y resbalo. Prosigo con más concentración y manteniendo una mejor postura y el centro de gravedad desplazado hacia adelante, más control de cabeza y mejor velocidad de reacción. Vuelvo a meterme en las nubes y pronto en la cuidad. Internamente, me río de goce por aquella gran aventura que acabo de vivir. Falta para la hora de almuerzo y todavía me queda gran parte de la jornada, pero ya es otra cosa y aquella sonrisa interna me acompaña por el resto del día.


Todos somos exploradores o podemos serlo.


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