• andrea lopez

Identidad atlética en tiempos de coronavirus

Updated: Apr 15, 2020


La mayoría de nosotros había empezado a correr tarde; el trail running había aparecido, de esta forma, como un escenario para la reconfiguración de la identidad. A esas alturas, una identidad que ya estaba armada, con una profesión, familia, pareja y decisiones tomadas. No había mucho margen, entonces, para convertirse en otro. Pero en qué proyecto de auto-mejoramiento podíamos embarcarnos sin demasiados costos: volvernos deportistas, “trabajar” nuestra condición atlética. Una actividad que, para muchos, se las arregló para volverse parte de la propia identidad, esa parte a la que Brewer et al. (1993) llamaron “identidad atlética”, y que constituye el grado de importancia, fuerza y dedicación exclusiva que el deportista pone en su práctica.


En medio de vidas ocupadas, era difícil pensar que el deporte pudiera llegar a ocupar un lugar demasiado importante en cómo nos definimos y menos que, en medio de una pandemia global, fuera algo en lo que pudiéramos seguir pensando. Pero es lo que está ocurriendo. Tal vez, porque dotamos al deporte y su práctica de simbolismos que antes estaban dados por la comunidad, la religión, la vida pública, la filosofía y qué sé yo. Podríamos, de hecho, explicar de la misma forma la masividad de las marchas y protestas en nuestro país en los últimos meses, más allá del sustento de injusticia que las justifica. Pero ese es otro tema, y esto se iba a tratar de coronavirus.


Anna Frost, en un momento de dudas acerca de continuar en el deporte, hizo una certera reflexión sobre la identidad atlética y cómo quería mantenerla a raya, valorando también sus otros roles sociales, como el familiar, buscando definir la elusiva identidad (https://www.youtube.com/watch?v=EQplMkG6RNQ&t=540s): “Es solo correr. No es quienes somos”.


El año pasado entrevisté a 15 corredores de ultradistancia de montaña y este es un tema que aparecía como recurrente, ya fuera que aceptaran la centralidad de la identidad atlética en sus vidas, incluso abandonando roles laborales anteriores buscando la dedicación exclusiva al deporte, reconociendo el conflicto de rol que les producía, o bien negándose explícitamente a definirse “solo como corredores”. Acá algunos ejemplos:


Y no digo que mi vida sea súper limitada porque yo solo hago deporte. Siento que es algo que yo elegí. Yo elijo que mi tiempo libre sea dedicarlo a correr, a armar travesías, a hacer planes, a estar incentivando a la gente a que haga deporte.


En un minuto mi pareja me decía que era un nazi de correr, no entendía por qué con tanta dedicación, tantas horas que le dedicaba a esto.


Yo escucho a otra gente hablando de cómo su vida está muy pegada con el tema deporte, su dirección de correo es juanperez@trailrunning.com, cachái, y jamás yo he sentido que soy una persona que corre, yo hago otras cosas.


No siento que sea parte de una tribu de los ultracorredores; nunca he puesto eso en mi perfil o en mi bio, siendo que técnicamente podría serlo, pero yo no me siento parte de eso y no me voy a declarar eso.


No hay unanimidad al respecto, pero sin duda es un cuestionamiento al que eventualmente llegamos, más si ya llevamos varios años corriendo.


La identidad atlética incluye cómo somos conscientes de nuestro rol de deportista, la afectividad positiva y negativa en relación a los resultados deportivos, y también la identidad social, o cómo otros tienen conciencia de nuestro rol como deportistas. Con las competencias y entrenamientos suspendidos, la afectividad asociada a los resultados también se vio alterada, porque ya nos fuera excelente o pésimo en Patagonia Run, eso iba a contribuir a la estabilidad de nuestra identidad, que se había acostumbrado al ciclo de preparación-competencia-evaluación de los resultados-recalibración de la preparación. Tampoco podemos ya dejar saber a otros de nuestros entrenamientos outdoor, aventuras, fkts y competencias en las que hemos participado para mantener el aspecto social de nuestra identidad atlética. Y, por cínicos que podamos ser al respecto y sostener que nada de esto nos importa y que nuestro ego no se sostiene en estos pilares, no podemos escamotear la pregunta que se asoma y que tratamos de silenciar leyendo, haciendo abdominales o transmitiendo en vivo por Instagram: “¿Quién eres?” Sobre todo cuando una parte de quién eres, que necesita estar afuera corriendo en el cerro, tiene que ponerse en pausa.


El editor de la revista Ultrarunning World me había escrito hace unos días “Quién soy. Gran pregunta. Tal vez la más importante”, cuando comentábamos “Luchando con lo mundano cuando termina una gran aventura”, sobre el Tour de 14ers de Joe Grant (https://www.adventure-journal.com/2019/09/struggling-with-the-mundane-after-a-major-adventure-ends/?fbclid=IwAR33e04-O9HnAfAHtYNDiCj2BgEuaReeuJXN1feUvHU6KyxHodPhS4aiPQM).

Y yo no había podido contestarle. Porque antes de que el coronavirus se expandiera, yo estaba teniendo mi propia lucha con lo mundano tras llegar de un viaje, con mi eterna crisis vocacional, y con mi identidad atlética amenazada, sintiendo que no podía correr tras Tarawera y que ya había gastado todo mi quantum de energía deportiva, haciéndome exámenes para encontrar algo que estuviera mal, y con una fractura en un dedo que había introducido el miedo a ir a la montaña. Ahora, cuando ya ni siquiera podemos salir si queremos ser responsables y si tenemos la posibilidad de no hacerlo, todo eso se pone en perspectiva. Probablemente, cuando todo esto pase, volveré al cerro y a inscribirme en alguna carrera, a pesar de todo. Porque es parte de lo que soy.


Y, tal vez, no es un mal momento, para corredores o no, para darle una vuelta a la pregunta, porque es la más importante, porque es la que nos hace humanos.

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