• andrea lopez

Espiritualidad y ultrarunning



Introducción


La práctica de los ultramaratones de montaña ha experimentado un crecimiento sostenido en los últimos años, con un alto número de participantes que han migrado desde el running urbano a los senderos con desnivel, y con un aumento de un 1000% de los eventos competitivos en la última década (Finn, 2018). Un ultramaratón es cualquier carrera a pie más larga que la distancia de 42,195 kms del maratón. Las distancias más populares incluyen: 50 kms, 80 kms (50 millas), 100 kms, 160 kms (100 millas), y 200 millas.


Distintos eventos de ultradistancia en el mundo tienen una larga historia, como “The long distance Championship of the world” en EE.UU., desde 1867, o la Maratón de Comrades (89kms) en Sudáfrica, desde 1921. En los '80, comienza a formalizarse la disciplina y se crea la IAU (International Association of Ultrarunners). Pero más allá de su formalización como deporte, correr es una disposición inherente en nosotros y que se remonta a culturas ancestrales: los Tarahumara (Raramuri) en México, los Navajo en Arizona, los Kalahari y Masai en África, o los aborígenes australianos tienen una cultura de correr largas distancias bien documentada; asimismo, los peregrinos al Templo Enryaku en el Monte Hiei en Kyoto son llamados “Monjes Maratón”, y realizan un peregrinaje espiritual de 1000 días consecutivos, corriendo 40 a 85 kms cada día, desde 1585 (Rawal, 2018).


Este año, se estima que hay más de 1800 carreras de ultradistancia en el mundo, y más de 100.000 ultrarunners. Los corredores de montaña, en incontables blogs, reportes de carrera, entrevistas y documentales, reportan los múltiples beneficios de su práctica deportiva, aludiendo a una dimensión espiritual que no resulta tan evidente en su contraparte urbana. Este texto explora algunos de esos testimonios, junto con aportes teóricos que permiten establecer una lectura de la espiritualidad en las experiencias narradas por estos corredores.


I. Correr en la montaña como escape de la rutina. La emergencia de lo primal


No haber conocido, como la mayoría de los hombres, ya sea la montaña o el desierto, es no haberse conocido a sí mismo. (Joseph Wood Krutch)


La disposición que tiene alguien que practica habitualmente el realizar largas distancias corriendo en la montaña es la de siempre querer huir: de la ciudad, del automóvil, de la rutina, para ir en busca de la aventura, de traspasar los límites físicos, del dolor, de la naturaleza. El ideal en la mente de un corredor de cerro es el de una vida nómade o ermitaña, lejos o fuera de. Sin embargo, la mayoría continúa viviendo una vida tradicional durante los días de la semana, y esas aventuras tienen su lugar durante los delimitados espacios de los fines de semana o eventos deportivos, que permiten poner a prueba la preparación a la que el corredor de cerro se somete cotidianamente, de modo disciplinado, ante la magnitud de los objetivos trazados con meses de planificación.


La ida a la montaña por varias horas, hasta lograr traspasar el umbral y acceder al espacio del hambre-sueño-sed-frío/calor-dolor, se vuelve una práctica espiritual en tanto permite salir de ese espacio rutinario del que se desea escapar permanentemente, para acceder a otro estado de conciencia, a veces a niveles tales que incluyen alucinaciones que duran por días debido a la falta de sueño.


Al estar en la montaña, se logra una distancia del espacio y tiempo cotidiano, incluido nuestro personaje o máscara. Le Breton (2016) lo resume como una forma de desaparición de sí mismo:


La popularidad de la marcha y el senderismo en nuestras sociedades da fe de esta voluntad de liberarse de las rutinas de la vida personal durante algunas horas o más, de volverse anónimo en los caminos, sin más obligaciones de identidad. El caminante es libre en sus movimientos, en su ritmo, no debe nada a nadie, y nadie le viene a recordar sus responsabilidades. Está en otro lugar, nadie sabe quién es ni hacia dónde va. Establece relaciones provisionales o duraderas con los otros, pero según su voluntad. En los senderos y atajos el sentimiento de sí se desata, las exigencias de la vida social se relajan. Caminar es un ejercicio lúdico y controlado de desaparición, una reapropiación feliz de la existencia. (pp.14-15).


Respecto a la relación con la propia identidad, Gros (2014) alude a cómo el sendero permite resignificarla, con la libertad de no ser, o encontrarse con un Yo eterno que trasciende máscaras y funciones, salvaje, primitivo:


Uno no va en busca de sí mismo, como si se tratara de reencontrarse, de liberarse de las viejas alienaciones para reconquistar un yo auténtico, una identidad perdida. Andando se escapa a la idea misma de identidad, a la tentación de ser alguien, de tener un nombre y una historia. (p. 9)


Un corredor chileno de 160 kms se refirió en una entrevista a cómo estar en el cerro le permite olvidar sus roles laborales:


Yo por la pega tengo alto estrés. Yo trabajo en publicidad, y todo es para ayer. Pero después de entrenar o ir al cerro, se me olvida todo. (Juan, 43 años, entrevista propia, 2018)


Le Breton (2014) propone que al caminar en los senderos se da este reencuentro de sí mismo impulsado por la experiencia estética y corporeizada:


El caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Lo sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena. A veces, uno vuelve de la caminata transformado, más inclinado a disfrutar del tiempo que a someterse a la urgencia que prevalece en nuestras existencias contemporáneas. Caminar es vivir el cuerpo, provisional o indefinidamente. Recurrir al bosque, a las rutas o a los senderos, no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. El caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo. (p. 15)


Helgi Olafson (2018) relata acerca de correr 380 kms en el desierto de Moab esta experiencia de la corporeidad como una vuelta a la esencia:


Rápidamente me di cuenta de que las cosas nunca salen como planeaste en una carrera de 200 millas. Solo ocurren. Tienes que estar preparado para adaptarte al momento y enfocarte en tu nutrición, pies, y lograr dormir lo suficiente para mantener la sanidad/seguridad ¡Eso es todo! El resto son todas cosas superfluas. Correr un 200 millas se trata de volver a lo básico.


Knox Robinson (2018), creador del grupo de corredores en New York Black Roses, habla de correr como:


Una herramienta que tenemos ahí siempre disponible para sentir, y sentir es libertad, una forma de dejar atrás las presiones, expectativas y todas las mentiras que otros nos han vendido y que nos decimos a nosotros mismos, todo nuestro odio hacia nosotros mismos y dudas, nuestras malas relaciones, y los errores que hayamos cometido. Por eso correr es una rebelión ante la alternativa de sucumbir a ese abismo.


Los corredores de ultradistancia suelen referirse a que en la montaña se hacen las verdaderas amistades, porque pasando un día difícil en la montaña con alguien lo conoces de forma auténtica: no solo estás en una disposición para contar todo de tu vida porque la puedes ver con más perspectiva, sino que además muestras cómo actúas ante el riesgo, tomas decisiones, colaboras, cedes, lideras y, por lo tanto, se revelan ciertos aspectos esenciales de cada persona que no son maquillables, suspendiendo la simulación.


Correr permite también separarnos de la relación con el cuerpo que tenemos en el espacio y tiempo rutinario, donde habitualmente se hace un borramiento (Le Breton, 2014) de este, o se lo considera solo como una herramienta para la productividad, o para la exhibición narcisista. De esta forma, retomamos una forma de existir donde era el cuerpo el que nos permitía desplazarnos, alimentarnos, protegernos, resistir, rebelándonos contra las comodidades que impone la vida moderna.


Correr ultradistancias constituye así un reencuentro con un estado primal o de comunión con uno mismo, los otros y la naturaleza. Le Breton (2014) resume estos aspectos en el siguiente extracto:


Caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, podría suponer una forma de nostalgia o de resistencia (...) La marcha es entonces el triunfo del cuerpo, con tonalidades diferentes según el grado de libertad del senderista. Es asimismo propicia al desarrollo de una filosofía elemental de la existencia basada en una serie de pequeñas cosas; conduce durante un instante a que el viajero se interrogue acerca de sí mismo, acerca de su relación con la naturaleza o con los otros, a que medite, también, sobre un buen número de cuestiones inesperadas. El vagar parece un anacronismo en un mundo en el que reina el hombre apresurado –disfrute del tiempo, del lugar, la marcha es una huida, una forma de darle esquinazo a la modernidad. Un atajo en el ritmo desenfrenado de nuestras vidas, una manera adecuada de tomar distancia. (...) El vagabundeo, tan poco tolerado en nuestras sociedades como el silencio, se opone así a las poderosas exigencias del rendimiento, de la urgencia y de la disponibilidad absoluta en el trabajo o para los demás. (pp. 18-19)


Mientras más distancia y tiempo se está corriendo, de mejor forma se logra lo señalado por Gros (2014) respecto al caminar: acentuar el movimiento de desvinculación, liberarse de las trabas de la costumbre, entender que la profusión de la oferta y facilidades en la vida cotidiana son microliberaciones ilusorias, que en realidad provocan dependencia, y que en las privaciones del sendero hay más libertad. Gros (2014) propone que en las rupturas más radicales con la seguridad de la rutina, se conoce “la libertad como límite de nosotros mismos y de lo humano, como desbordamiento dentro de uno mismo de una Naturaleza rebelde que nos supera” (p. 9).


En el aspecto político o de rebeldía que tiene el dejar atrás las convenciones y las máscaras al correr ultradistancias, hay también una dimensión espiritual al entenderse como parte de la naturaleza y dejar de verla desde la perspectiva capitalista o utilitaria que la explota, y donde debemos estar volcados a producir a cada minuto. Correr en la naturaleza por muchas horas es apropiarse de y subvertir la velocidad productiva, al transformarla en velocidad ociosa, a un ritmo propio y por motivos propios.


Muchos trail runners describen el correr y acceder a este espacio-otro como terapéutico, sobre todo cuando les ha permitido superar problemas como adicciones, trastornos de ansiedad y depresión, o como forma de afrontar un duelo (US Trail Running Conference, 2016). Scott et al. (2017) señalan que las experiencias extraordinarias que rompen con la rutina y que ocurren en ambientes naturales se convierten en experiencias sanadoras en relación al estrés de la vida urbana, las interacciones inauténticas y las normas de conducta cotidianas sobre-civilizadas; correr también rompe con los patrones existentes de pensamiento, y permite al sí mismo recrearse de modos novedosos.


II. Las ultradistancias como forma de trascender el dolor


¿La victoria no consiste en ser capaces de poner nuestro cuerpo y nuestra mente al límite para descubrir que estos límites nos han llevado a descubrir nuevos límites? ¿Y empujar poco a poco nuestros sueños? (...) Detenerse, toser, padecer frío, no sentir las piernas, tener náuseas, vómitos, dolor de cabeza, golpes, sangre… ¿Existe algo mejor? Y uno no puede morirse sin haberlo dado todo, sin romper a llorar por el dolor y las heridas, uno no puede abandonar (…) No vale no luchar, no vale no sufrir, no vale no morir. (Kilian Jornet, corredor de ultradistancias)


Ese es uno de los muchos grandes placeres del ultramaratón. Puedes sufrir mucho más de lo que pensaste posible, y luego continuar hasta que descubres que el dolor no es gran cosa. (Scott Jurek, corredor de ultradistancia)


En inglés, las carreras de ultradistancia son llamadas pruebas de “endurance”, un concepto que puede traducirse como “persistencia ante las dificultades, incomodidades o desgaste” (Merriam-Webster, 2018). Una de las formas de describir estas pruebas es la que escoge Amy Sproston en el documental “Tested Tough-Endure” (Columbia Sportwear, 2017) al hablar de la prueba de 170 kms Ultra Trail du Mont Blanc: “Correr una carrera ultra es como recorrer toda una vida en un día en términos de altos y bajos, y resolver cómo perseverar (...) Tal vez es porque no somos suficientemente desafiados en nuestra vida diaria que necesitamos crearnos estos desafíos artificiales para superarlos”. El director de carreras Lindley Chambers (en Finn, 2018) destaca al contraste entre nuestras vidas sedadas y el sentimiento de estar completamente vivo y al límite en los ultras.


La experiencia de una carrera, a pesar de ser estructurada y contar con apoyos para facilitar la persistencia de los corredores, puede convertirse en una instancia para mirar la propia vida desde una nueva perspectiva, donde la experiencia de perseverar ante las dificultades puede trasladarse de lo deportivo a otros ámbitos.


Las ultradistancias, como su nombre lo indica, suponen un desafío exigente: superar el miedo ante los elementos, ante la propia incapacidad de sobrevivir en la naturaleza, ante lo salvaje o no planificable. Mientras más distancia, más desnivel, y más variables que ponen en entredicho el éxito: desiertos, lluvia, barro, nieve, temperaturas bajo cero, tormentas eléctricas, etc., más forma se da a la narrativa de haber logrado sobreponerse a la adversidad. Como lo resume Le Breton (1999):


Numerosos occidentales, deportistas de ocasión, se lanzan en la actualidad a largas e intensas pruebas donde prima la capacidad íntima de oponerse a un sufrimiento creciente. Carreras a pie, jogging, triatlones, marchas, etc., son prácticas a las que el hombre corriente se entrega no para enfrentarse con los otros, sino para emplearse en no ceder ante el trabajo de enfrentar el dolor. Obligado a pasar una prueba tras otra en una sociedad donde las referencias son innumerables y contradictorias, donde los valores están en crisis, el actor busca en una relación frontal con el mundo un camino radical de puesta a prueba de su fuerza de carácter, valentía y recursos personales. Ir hasta el final de la dificultad que se inflige procura legitimidad a su existencia, que encuentra ahí un camino simbólico para sostenerse (...) Cuanto más vivo haya sido el sufrimiento, más segura es la conquista de significado íntimo, y más completa la satisfacción de haber sabido resistir la tentación del abandono. En forma simbólica de actividad física o deportiva se ejerce una recuperación de la propia existencia (pp. 258-259)


Melissa Martinez (en Finn, 2018), directora de carreras, señala: “El espíritu humano siempre va a desear más. Va a desear ese sentimiento de empujarse hasta el límite, y después continuar a pesar del dolor”. Otro director de una carrera de 24 horas en pista, señaló que ser testigo del momento en que una persona encuentra la fuerza para continuar, enfrenta el dolor y la duda, pero los supera, es lo que lo mantiene organizando estos eventos año tras año. Le Breton (2000) señala que estas pruebas deportivas permiten una espiritualidad personalmente generada a través del sufrimiento, donde el dolor se vuelve un agente de metamorfosis, permitiendo a los sujetos una nueva visión de su cuerpo y sus límites.


El dolor físico al que nos sometemos voluntariamente en las ultradistancias se vuelve una metáfora de otros dolores que sufrimos en la vida, y de los dolores, mucho más intensos y por lo demás involuntarios, que otros padecen. Y al enfrentar deportivamente ese dolor y superarlo, buscamos purgar esos otros dolores sobre los que no tenemos tanto control. A modo de ejemplo, el documental “Ouray 100”, sobre la carrera de 100 millas en las montañas San Juan en Colorado, EE.UU, comienza aludiendo a la frase en latín “Non laurus luctatio” (“No es el premio, es la lucha para obtenerlo”), y describiendo el encanto de enfrentar una prueba suficientemente difícil donde el éxito no esté asegurado, sino que tenga que sufrirse para obtenerlo. El someterse a una carrera de ultradistancia y al posible dolor involucrado tiene así el carácter de un rito de tránsito, que, como lo plantea Le Breton (1999),


Implican a menudo una prueba dolorosa que da fe de la determinación y la fuerza del carácter. El dolor es una punción de lo sacro, porque arranca al hombre de sí mismo y lo enfrenta a sus límites (...) es una llamada al fervor de existir, un memento mori que devuelve al ser humano a lo esencial (pp. 18-19).


El dolor es la vía que el corredor de montaña privilegia para reconectarse con su cuerpo, ese que en la rutina, salvo en los momentos de entrenamiento, olvida, invisibiliza y niega. Un cuerpo que se vuelve obstáculo, a diferencia de herramienta valiosa, como en la montaña. Un cuerpo que puede ser, sin embargo, siempre reconocido en su imperfección, inadecuación, falta: no ser suficientemente delgado, musculoso o bello, cuando en la montaña es un cuerpo que cumple, que es capaz y es, por tanto, un cuerpo siempre apreciado, aún en estado de dolor. Por eso la montaña es también terapéutica en cuanto a las dimensiones de autoconcepto y autoestima, y logra que dejemos suspendidos los dualismos mente/cuerpo a los que estamos sometidos cotidianamente, para tener una experiencia palpable de la unidad: un cuerpo que realiza las acciones que previamente planificamos y visualizamos, pero a la vez acciones que se vuelven naturales e inconscientes en un estado de flow deportivo. Es, entonces, durante esos momentos, un cuerpo espiritual, que permite acceder a un estado otro, un estado de armonía interna pero también en relación con la naturaleza: en el baile con las piedras para no caer, en la comunicación con el camino y las referencias para orientarse. Y cuando se va en compañía de otros, se establece un diálogo que muchas veces no requiere palabras, para mantener en vista el objetivo y apoyarse ante las dificultades.


El dolor, que en otros contextos (incluso en el deportivo) intenta ser aplacado, en la ultradistancia es aceptado como inevitable, y la pregunta es cuándo y cómo aparecerá. Si hay toda una industria farmacéutica empecinada en que no sintamos dolor, el corredor de ultradistancias buscará dilucidar en cada aventura dónde es que comienza la sensación de dolor. Hay una negociación con el dolor, donde el individuo no tiene el total control, por lo que debe por una parte aceptar la inevitabilidad del dolor pero, por otra, sostener una disposición actitudinal positiva que le permita seguir avanzando a pesar del mismo. El dolor, que normalmente quiebra la unidad vital o vuelve al cuerpo extraño (Le Breton, 1999), para el corredor de ultradistancias hace todo lo contrario: le devuelve su cuerpo, pasando del cuerpo ignorado de la cotidianeidad al cuerpo hecho-para-resistir, un cuerpo que se disciplina a través del entrenamiento, pero también un cuerpo con el que se hacen las paces, en tanto se le somete a grandes esfuerzos que juegan con los límites de lo posible. Se espera, por tanto, que ese cuerpo se quiebre, pero que sea por otro lado suficientemente fuerte para resistir a pesar de haberse quebrado.


Christensen (en Flannery, 2018) estudió a corredores que participan en carreras de 160k y encontró que los corredores que aceptaban el dolor y no lo veían como una amenaza eran los que tenían más éxito. La psicóloga plantea que hay algo trascendental en la experiencia de explorar los límites, que nos recuerda nuestra mortalidad, y nos entrega un sentido de compasión y gratitud por lo que el cuerpo es capaz de hacer.


Si el dolor es normalmente una amenaza al sentimiento de identidad (Le Breton, 1999), el que se ha identificado como corredor de ultradistancia no puede ser tal, no puede sentirse completo, sin sentir dolor. Y si durante el acto de dolor uno se puede permitir actos y palabras que se aparten de las aceptadas como buenas costumbres, eso puede contribuir a explicar las rápidas e intensas relaciones formadas en la montaña: compartir el dolor implica mostrarse sin las máscaras habituales.


Scott et al. (2017) estudiaron a participantes en carreras de obstáculos, y vieron que el dolor permite la reaparición del cuerpo en un contexto posmoderno donde se ha vuelto irrelevante; el borramiento temporal del sí mismo y la carga de la identidad, permitiendo un tipo especial de escape a través del sentimiento de incomodidad; y donde la dramatización del dolor ayuda a construir una narrativa de una vida llena o de haber vivido un poco más, a través de las heridas y cicatrices. Estos hallazgos podrían extrapolarse a las ultradistancias, ya que el dolor que está dado por los obstáculos artificiales en las carreras de obstáculos, acá se habilita gracias a los obstáculos naturales y la distancia en sí misma. La narrativa de una vida más completa evidenciada en las marcas de guerra también aparece en los corredores de ultradistancia, como puede verse en el siguiente extracto de Pearce-Higgins (2017), que resume algunas de las incomodidades que trae el correr ultradistancias:


¿Por qué alguien querría correr 400 kms cruzando un desierto? (...) En moderación, correr mejora tu salud y físico; en extremo, hace todo lo contrario. Los pies se ampollan e hinchan al punto que necesitas múltiples pares de zapatos en tallas crecientes. Las uñas de los pies se ponen negras y se caen o, peor, se llenan de fluidos y requieren ser puncionadas. Algunos corredores incluso elijen removerlas quirúrgicamente de manera preventiva. Las fracturas por estrés son comunes. Los tendones rozan y se inflaman, enviando dolores punzantes a través de toda la pierna con cada paso agonizante. Los músculos se acalambran impredeciblemente y luego se atrofian. La ropa y la mochila rompen la piel y la dejan al rojo vivo y sangrante. El estómago suele dejar de funcionar, llevando a vómitos y diarrea, un tema complicado cuando uno necesita beber 10 litros de agua al día y comer hasta 6,000 calorías diarias. Pero el mayor efecto es el menos visible: la mente, por la falta de sueño y constantes batallas con el cuerpo, empieza a perder su asiento en la realidad. Las alucinaciones son comunes, las emociones pueden oscilar de la elación a la rabia a la melancolía. El habla se vuelve incomprensible; la planificación, decisiones racionales y navegación precisa se vuelven casi imposibles.


Los corredores exhiben fotos de sus ampollas, uñas negras y heridas en los pies como marcas de guerra en las redes sociales. Hay páginas web que recopilan las fotos más repugnantes de pies post-carrera, y los fotógrafos en los eventos se acercan a registrar las curaciones que se realizan en los puntos médicos para dar cuenta del aspecto sacrificial involucrado en las ultradistancias.


En el documental “Boundless”, sobre la carrera de 100 millas Atacama Xtreme en el Desierto de Atacama, Chile, uno de sus protagonistas señala:


Logras tanta claridad en estas carreras porque todas las distracciones y el ruido se evapora. Y el hecho de que te dan un foco muy específico en lo que es importante en la vida. El sufrimiento es un medio para un fin, es una penitencia, supongo. Tengo que, de forma regular, apalearme físicamente para poder obtener claridad en mi vida.


En “Una crónica de 200 millas”, recopilación realizada por Ryan Chukuske de distintas historias de corredores en la carrera Bigfoot 200, en Oregon, EE.UU., se incluye la reflexión de Becca: “El apaleo mental y físico, seguido por momentos de completa claridad y Zen es lo que me hace buscar estas aventuras largas.” (en Howard, 2018)


El dolor se vuelve así una forma de ofrenda o sacrificio, pero con la recompensa de obtener una perspectiva más iluminada sobre lo esencial. Le Breton (1999) explora cómo decidir voluntariamente enfrentarse al dolor demuestra voluntad, virtud y excelencia, siguiendo la tradición cristiana del ideal del mártir, cuyo camino de dolor da cuenta de su fe y renuncia a sí mismo, y lo acerca a Dios y a la salvación. De esta forma, el cuerpo es espiritualizado a través de la mortificación.


Ya que el dolor tiene un carácter subjetivo y simbólico, se puede aminorar a través de esfuerzos mentales conscientes durante las pruebas de montaña: pensar en otras ocasiones en que se ha tenido éxito a pesar del dolor, en personas que inspiren a continuar, o segmentar lo que resta de carrera en pequeños objetivos que permitan hacer la incomodidad más tolerable.


Stulberg (2017), en entrevistas a deportistas de endurance, encontró que una de las razones que esgrimen para realizar estos esfuerzos es precisamente sentir ese dolor durante los entrenamientos y competencias, con el hecho de superar ese dolor y cruzar la línea de meta siendo una forma de logro significativo y un medio para escapar de vidas demasiado cómodas (considerando que la mayoría de los participantes de este deporte pertenecen a estratos socioeconómicos altos y tienen altos niveles de educación). Snyder (1990) alude al aspecto transformacional del dolor: “Las experiencias dolorosas y peligrosas a menudo transforman a las personas que las sobreviven” (p. 23).


El dolor, de acuerdo a Le Breton (1999), posee una cierta cualidad de incomunicable. Esto es similar a las descripciones que se pueden encontrar en los reportes de carreras que transmiten las narrativas de las experiencias sostenidas durante las carreras de montaña. Si bien se pueden enumerar aspectos de la ruta, del equipamiento llevado, de las sensaciones y dolores durante la carrera, la experiencia total es irreducible a un testimonio escrito; siempre hay algo inefable, espiritual, en la experiencia, que no puede ser puesto en palabras, y los corredores se refieren a la necesidad de vivir la carrera para poder entender su significado, y a lo limitado que resulta el papel para todo lo que desean expresar.


III. Correr como experiencia de “flow”


Los que corremos largas distancias no somos raros, ni un puñado de elegidos dotados con cartílagos indestructibles ni músculos infatigables. Ni tenemos una voluntad inquebrantable de la que otros carecen. Si algo nos distingue es una especie de sensibilidad. En un largo por las montañas nuestra atención se enfoca, se afina. Cada paso y cada respiración se sincronizan con una melodía primal. Lo nuestro es una recreación de las que alguna vez fueron disposiciones necesarias. Todos estamos hechos para sentir la satisfacción de un trote muy largo. (Eric Grossman)


Más allá del máximo extremo de la fatiga y el estrés, podemos encontrar montos de facilidad y poder que nunca hubiéramos pensado poseer; fuentes de fortaleza nunca antes puestas a prueba porque no habíamos traspasado los obstáculos. (William James)


Mientras más distancias corría, más me daba cuenta de que lo que estaba persiguiendo era un estado mental – un lugar donde las preocupaciones que parecían monumentales desaparecían, donde la belleza y atemporalidad del universo, del momento presente, podían verse con un claro foco. (Scott Jurek, corredor de ultradistancias)


Csíkszentmihályi (1990) describe la experiencia del “flow” durante la práctica deportiva como:


Un estado óptimo de conciencia donde nos sentimos lo mejor posible y tenemos el mejor desempeño posible, donde estás completamente involucrado en la actividad en sí misma. El ego desaparece. El tiempo vuela. Cada acción, movimiento y pensamiento se sigue inevitablemente del anterior, como en el jazz. Todo tu ser está involucrado, y estás utilizando tus habilidades al máximo (p. 10).


Este estado se caracteriza por metas claras, foco y concentración, recompensa intrínseca de la actividad, pérdida del sentimiento de auto-conciencia o rumiación, retroalimentación inmediata del propio progreso, sentimiento de control sobre la situación y los resultados, falta de reconocimiento de las necesidades físicas, realización de la actividad con facilidad y sin sentir el esfuerzo, y balance entre el nivel de desafío y las propias habilidades (Csíkszentmihályi, 1990).


Una de las características de las experiencias de flow, la pérdida de auto-conciencia o del ego, parece ser especialmente relevante en el trail running, donde incluso los atletas más competitivos parecen no enfocarse tanto en esta dimensión como en la experiencia de la naturaleza y de la comunidad. Csíkszentmihályi (1990) toma el ejemplo de un navegante que señala, “Uno se olvida de sí mismo, se olvida de todo, viendo solo el juego del barco con el océano, el juego del mar alrededor del barco, dejando de lado todo lo que no es esencial a ese juego”. Esto, señala el autor, va a veces acompañado de un sentimiento de unión con el entorno, que en el caso de los deportes de montaña, puede ser una montaña o un equipo, y cuando la persona invierte toda su energía psíquica en su interacción con la montaña, se vuelve parte de un sistema de acción mayor al de su self individual. Esta alineación con el entorno es explicada por Andrés (corredor chileno de 160k, 30 años, entrevista propia, 2018):


Pa mí es una conexión espiritual el trail. El montañismo es espiritual, llegai a lugares más limpios cuando estai en altura. Y el trail es exactamente lo mismo, solo que a velocidades más rápidas y más ligero de equipaje. Y por eso hago todos los deportes que me lleven al cerro. También creo que la escalada tiene algo espiritual. Hay días que voy a escalar y veo todo bien y fluyo, y hay veces que voy y como que me tranco, y justo en esos momentos estoy como mal. Siento que se representa en la escalada cómo estoy yo con esa conexión espiritual que tengo con la montaña.


Otra de las características de las experiencias óptimas o de flow es que el tiempo no parece transcurrir de la misma forma que en la cotidianeidad. En el documental de Jaybird (2018), dos corredoras se refieren a esta experiencia distinta del tiempo y cómo se conecta con un sentimiento de libertad: “Corres por horas y horas y te sientes conectado con todo alrededor, te sientes en casa (...) Somos solo estos seres libres en las montañas, y las líneas entre correr y escalar y sentir que casi vuelas se difuminan en tu mente”; “No estamos tomando el tiempo, se siente muy creativo, como un estado de flow, es artístico, eliges tu línea para subir o bajar, eliges la forma de estar en la montaña”. Hawker, corredora de 160 kms, también describe la vivencia de la temporalidad durante una carrera o desafío: “El tiempo ya ha cobrado todo un nuevo significado (...) Totalmente absorbida en el ahora, pierdo todo sentido del paso del tiempo. ¿Es esto de lo que hablaba Blake en su poema, sostener ‘la eternidad en una hora’?” (2015, loc. 1260)


Si bien hemos destacado anteriormente el aspecto del dolor al correr ultradistancias, también está su contraparte: momentos de genuino goce en que todo parece fluir: el cuerpo y la mente responden bien, y la naturaleza se presenta bella y revitalizante, de modo tal que se hace evidente que estamos hechos para correr por la montaña. Una suave lluvia, el blanco de la nieve, el sonido de los pájaros, la vista de formaciones rocosas imponentes, todo puede llevarnos a un estado de asombro contemplativo que en otros momentos, cuando prima el dolor o cansancio, parece suspenderse, volviéndonos incapaces de apreciar aquello que declaramos como una de las principales razones para practicar este deporte: la belleza de la naturaleza.


Las experiencias estéticas que se tienen durante las competencias se intensifican, como lo describe Hawker (2015) en su vuelta al Mont Blanc: “Al inundar la luz el cielo, me lleno de emoción. La noche ha pasado. La belleza de un nuevo día me trae esperanza. Cualquier dificultad, cualquier desafío que el día que viene nos traiga, está ahí para ser vivido –estar vivo lo es todo, hay posibilidades infinitas.” (loc. 329)

Y si bien la dimensión competitiva siempre está presente en una carrera, no es la orientación al resultado lo que prima. Como lo explica Hawker (2015):


No se trata de los records, no se trata de las medallas.

No se trata de ganar la carrera o subir al podio.

Se trata de los miedos y las lágrimas, las carcajadas y las sonrisas.

Se trata de las experiencias compartidas y las emociones en bruto. (loc. 1025)

Esa cualidad de intensidad de la experiencia está facilitada por la dureza de las pruebas deportivas, que hacen vivir estas distintas emociones, que nos permiten transitar desde el sentirnos bien corriendo, a sentirnos pésimo, y luego sobreponernos a ello.


Hoy abundan los libros que conectan el correr con el mindfulness, y reconocen que correr funciona como forma de meditación en movimiento, permitiendo a los corredores centrar su atención en el momento presente; de manera análoga, hay corredores que proponen un foco en el mindfulness como estrategia para mejorar el rendimiento en las ultradistancias, ya que permite escuchar al propio cuerpo y saber cuándo empujar y cuándo detenerse, aceptando la incomodidad y dolor que puede conllevar correr (Howard, 2017).


Otra forma de descripción típica presente en reportes de experiencias de ultradistancia es el “sentirse uno o parte de la naturaleza”. Esto se alinea con la experiencia de flow y con nociones de espiritualidad que la asocian a la disolución del ego personal y a un sentido de volverse uno con el universo (Popova, 2018). Cuando las ultradistancias involucran la privación de sueño, lo que se suma al desgaste físico, las alucinaciones son frecuentes, siendo los efectos similares a los que se describen en el uso de psicodélicos, permitiendo romper las categorías artificiales que estrechan nuestra percepción, y de este modo acceder a una experiencia de unidad o completitud. Aludiendo a esta relación con la naturaleza, el corredor Anton Krupicka (en Salomon Running, 2012) la describe del siguiente modo:


Creo que correr por la montaña se vuelve casi un estilo de vida, donde no lo haces a no ser que realmente aprecies la montaña, tengas amor por la montaña. Y creo que eso une a todos los participantes de este deporte. No se trata tanto de deporte, como de disfrutar el paisaje y tener amor por él.


Karl Egloff (en Finn, 2018), poseedor de records en varias montañas, como el Kilimanjaro y el Aconcagua, señaló: “Cuando subo una montaña llevando poco y moviéndome rápido, es diferente. Me siento libre, como volando, como un cóndor”.


El ultrarunning, a diferencia del ritmo más lento de la caminata, se emparenta con la libertad del volar. Se toca la tierra en cada paso, pero a la vez se intenta que ese contacto sea tan breve como sea posible. Al cubrir más distancia en menor tiempo, se pueden ver varios tipos de paisaje en un mismo día, ir de valles a cumbres, glaciares, y de vuelta a los valles. El viaje del héroe del hogar a las aventuras y el retorno pueden hacerse en 24 horas para un 100 millas, distancia que inspira incontables frases en los reportes de carrera que emparentan una carrera de esa distancia con lo que se vive en toda una vida.


IV. Las carreras de ultradistancia como rituales


La descripción de la comunidad trail runner suele ser como una amigable y sin ostentaciones, lo que permite una base para formar un sentido de comunidad que alimenta el carácter ritual de cada salida a los cerros o carrera. El evento competitivo destaca por sus aspectos rituales, siendo muchas veces definidos explícitamente como “fiesta”.


El gasto involucrado en los rituales se replica en la preparación para la carrera, donde se adquieren artículos deportivos y alimentos especiales; y se entrena con el objetivo de la carrera en mente, aumentando las distancias y horas de entrenamiento, implicando un gasto físico y mental. Los eventos destacan por su abundancia: en puestos de abastecimiento durante la carrera y en la línea de llegada debe haber alimentos y cerveza (de lo contrario, el evento será mal calificado por los corredores). Y si bien cada corredor realizará individualmente su carrera, existirá un sentido de unidad por estar todos sosteniendo una lucha con sus propios límites, con la distancia, con la montaña. Algunos elementos habituales estarán presentes, como una arenga en la línea de largada, fotografías y abrazos en la línea de meta.


Post-ritual se escribirá sobre la experiencia, construyendo una narrativa de acuerdo a los elementos del viaje del héroe, donde habrá aprendizajes independientemente de que el resultado deportivo haya sido el esperado o no. Candice Burt (2018), corredora de ultradistancias y directora de 3 carreras de 200 millas en EE.UU., percibe que hay en nosotros algo que nos hace querer intentar cosas nuevas, y que una vez que vemos que somos capaces de hacerlas, nos damos cuenta de que nuestro potencial es el doble o más de lo que pensamos, y si podemos correr 200 millas, si podemos empujarnos de esta forma, pensaremos que somos capaces de cualquier cosa, y en todos los ámbitos de la vida.


La tradición dicta que solo en las distancias de 160 kms o más se entrega como premio por terminar una hebilla de cinturón, de modo tal que la persona pueda vestir el honor de haber terminado. Ese símbolo tiene un carácter prácticamente sagrado. Sería una herejía usar una hebilla de una carrera que no se ha corrido y terminado.


Siguiendo lo planteado por Terry y Vartabedian (2013) respecto al thru-hiking, las carreras de ultradistancias pueden verse como una performance eminente, que se centra en su existencia misma, más que en los resultados, y donde son importantes las decisiones estéticas relacionadas con el propio cuerpo, con el ambiente natural, y con los cuerpos de otros. Hay en ello un aspecto similar al arte de performance, que se caracteriza por la búsqueda de la autenticidad a través del carácter de irrepetible e inefable, y una vivencia del presente. Tres aspectos de los que los autores describen para esta experiencia también aplican al formato de ultradistancias: dolor, deprivación, y un aspecto social donde se está solo pero a la vez en compañía.


Es una forma de performance hecha para ninguna audiencia, ni para ganar dinero, y que pone en riesgo físico, donde se abraza la filosofía minimalista, y de esta forma una identidad alternativa. El sentido de comunidad surge porque a pesar de las diferencias que se tengan en el “mundo real”, sean cuales sean las motivaciones para correr, se comparten las experiencias materiales en el presente del sendero, y la intensidad de la experiencia permite nuevas formas de relación entre los corredores. Una performance eminente está definida por un impulso de moverse hacia las propias limitaciones y ver qué se puede lograr no a pesar, sino gracias a ellas. La vida en el sendero, cuando es larga, se vuelve una performance de la posibilidad, una materialización temporal de una realidad posible, la presentación de otra forma de vida que se vuelve concebible a través de la experimentación. Si bien en el thru-hiking esto se extiende por días hasta años, el ultrarunning evoluciona cada vez más hacia estas dimensiones, con carreras multi-días, carreras non-stop de distancias cada vez mayores, o desafíos deportivos asistidos que permiten a los corredores contar con abastecimientos y apoyo para cubrir miles de kilómetros, esfuerzos que son muchas veces documentados audiovisualmente, aumentando así su carácter performático.


V. La ultradistancia como peregrinaje


Hawker (2015) asemeja las carreras de loop, como UTMB, a un peregrinaje circular, usando el concepto tibetano de kora o circunvalación, que funciona también como práctica meditativa que es parte de una celebración o ritual, y donde el sitio sagrado suele ser una montaña, siendo el terreno alrededor de ella difícil de recorrer. La autora explica que estos viajes no son solo exploraciones físicas sino también la búsqueda de un significado moral o espiritual, permitiendo un viaje hacia nuestras propias creencias, profundizar nuestra comprensión de nosotros mismos, los demás y el mundo en que vivimos: “Cuando estoy corriendo no hay ya un intermediario entre mí misma y mi entorno – mis pies están en contacto rítmico con la tierra, estoy respirando el aire, estoy observando, estoy escuchando- es una relación sensualmente íntima” (loc. 185).


Shilling y Mellor (2014) ven que el deporte todavía puede verse como trascendente sin estar vinculado a ninguna religión, con la experiencia de flow siendo similar a los estados de éxtasis descritos por varias religiones, y donde la concentración logra una dimensión espiritual. Las características del ultrarunning en las montañas, por su carácter de acontecer fuera-de-la-urbe, y mantenerse al margen de las rutinas y formas de relación cotidianas, puede romper con los impedimentos que la modernidad impone al deporte para entenderlo y experienciarlo como sagrado.


Toda carrera o desafío deportivo de ultradistancia toma la forma de un peregrinaje, donde es importante el viaje, además del resultado final (terminar, cruzar la meta, recibir la hebilla). La medalla o hebilla que se recibe al final es un símbolo del retorno a casa (estando la meta, la mayoría de las veces, en el mismo lugar de la partida). Pero también pueden adquirir un carácter sagrado los cambios que van sucediendo en el cuerpo: el dolor, las ampollas, los kilos perdidos, así como los senderos recorridos.


Los chinos, relata Snyder (1990), hablaban de 4 dignidades: estar parado, recostado, sentado, y caminando. Son “dignidades” porque representan los modos de ser de forma completa, de sentirnos cómodos en nuestro cuerpo, en sus modos fundamentales. En la tradición china, se hacían peregrinajes a las montañas, que se consideraban no solo con un carácter espiritual, sino también independientes de los controles del gobierno, un reducto de libertad política y espiritual, y con asociaciones míticas con la trascendencia, lo elevado, la dureza y resistencia.


En el Budismo, señala Snyder (1990), existe un concepto que designa a los “sin casa”, donde las montañas pasan a tomar el lugar del hogar, es sentirse en casa en el universo entero, y responder a lo que venga. Esta se convierte en la aspiración de los corredores de larga distancia cuando buscan ser cada vez más autovalentes, correr más distancia, pasar más días y noches corriendo. Es lo que explica la reciente popularidad de la distancia de 200 millas (320 kms), que ha comenzado a reemplazar en la imaginación el límite anterior de máxima distancia en carrera, de 100 millas (160 kms). Los corredores en esta distancia tienden a describir con frecuencia la experiencia de correr 200 millas como “transformadora”. Asimismo, existen carreras en desiertos, o en la nieve, de aun más distancia, y donde se debe cargar toda la alimentación para una semana o más.


El ultrarunning está siempre debatiendo su identidad como deporte competitivo versus práctica espiritual, y el argumento que plantea Gros alude a esta multidimensionalidad:


Andar no es un deporte.

El deporte es una cuestión de técnicas y de reglas, de resultados y de competición, y todo ello requiere un largo aprendizaje: conocer las posiciones, dominar los gestos adecuados. Y, mucho después, vienen la improvisación y el talento.

El deporte es cosa de resultados: ¿qué puesto ocupas en la clasificación?, ¿qué tiempo has conseguido?, ¿qué resultado? Se da siempre esa distinción entre vencedor y vencido, como en la guerra —hay, entre la guerra y el deporte, un parentesco del que la guerra extrae su honra y el deporte su deshonra: del respeto al adversario al odio al enemigo—.

Obviamente, el deporte es también afán de resistencia, gusto por el esfuerzo, disciplina. Una ética, un empeño.

Pero también es material, revistas, espectáculos, un negocio. Proezas. El deporte da pie a inmensas ceremonias mediáticas a las que afluyen los consumidores de marcas y de imágenes. El dinero lo invade para empobrecer las almas, y la medicina para construir cuerpos artificiales.

Andar no es un deporte. Poner un pie delante de otro es un juego de niños. (p. 7)


A diferencia del viaje, plantea Gros (2014), al caminar (y que podemos extrapolar al realizar ultradistancias), el objetivo no está en conocer otros lugares:


El verdadero sentido de la marcha no es ir hacia la alteridad (otros mundos, otros rostros, otras culturas, otras civilizaciones), sino estar al margen de los mundos civilizados, sean los que sean. Caminar es ponerse a un lado: al margen de los que trabajan, al margen de las carreteras de alta velocidad, al margen de los productores de provecho y de miseria, de los explotadores y los laboriosos, al margen de la gente seria que siempre tiene algo mejor que hacer que acoger el tenue resplandor del sol en invierno o el frescor de la brisa de primavera. (p. 54)


Sanjay Rawal (2018) documentó a los corredores de la carrera Sri Chinmoy Self-Trascendence Race, donde se recorre una cuadra a la redonda en Queens, New York, para completar 3,100 millas o 4,989 kms., en un máximo de 52 días, y homologa esta experiencia con la que realizan los monjes en el Monte Hiei en Kyoto. Para Sri Chinmoy, el maestro espiritual dedicado a la meditación que inició esta carrera, la auto-trascendencia se lograba traspasando los límites que uno creía tener o que otros te habían dicho que tenías.


En esta carrera, los corredores relatan que después de cuatro o cinco días corriendo, su mente se desconecta y se rinden a la realidad inevitable de que tendrán que estar los próximos 50 días corriendo, y el corazón y el alma pasan a primer plano, y obtienen experiencias que son muy difíciles de obtener solo a través de la meditación silenciosa. El aspecto repetitivo de esta carrera, con un circuito de menos de un kilómetro, hace que el correr en ella sea homologable a repetir un mantra, y de esta manera trascender lo meramente físico. Se dice que la disciplina trae dos resultados: austeridad o sufrimiento, y placer o disfrute. En esta carrera, los corredores reportan ambas.


En el Tíbet, existía la práctica de los monjes de fijarse en una estrella y correr toda la noche en dirección a ella. Los Navajo describen correr como una plegaria, donde los pies rezan a la madre tierra y se respira el padre cielo; como una celebración de la vida, donde cuando corres aprecias todo lo que está alrededor, y te conecta con un sentido de lugar; correr también te enseña sobre quién eres y cómo superar momentos difíciles, conectándote con tu propio poder. Correr se usa como ritual de iniciación para las mujeres Navajo. Los monjes del Monte Hiei no ven un propósito en el sentido occidental a su peregrinación, sino que es una práctica de fe colectiva. Los Kalahari señalan que al correr y cazar son capaces de conectarse con sus ancestros, y acceder al poder de la tierra para superar las debilidades del cuerpo humano. De esta forma, podemos entender el movimiento y el correr como la primera religión (Rawal, 2018).


Conclusiones


Es posible identificar ciertas recurrencias temáticas en los testimonios que permiten perfilar la práctica de realizar distancias a pie, tan rápido como sea posible, sobre 50 kms, con desnivel y exposición a los elementos en la montaña, como una práctica fundamentalmente espiritual. Estas incluyen: la caracterización del espacio/tiempo de estar en la montaña como ritual que permite escapar de la rutina, y lograr una relación de unidad con uno mismo, los otros y con la naturaleza, constituyendo una vuelta a un estado primal que permite distinguir lo esencial de lo accesorio; una experimentación con los límites del cuerpo y la dotación de una carga simbólica positiva al hecho de trascender el dolor; el ingreso en un estado de “flow” o de completa inmersión en la actividad, que permite persistir ante las incomodidades físicas; la participación en eventos deportivos desde un carácter ritual; y la visión del correr como meditación en movimiento o peregrinaje, que permite poner en perspectiva otras dimensiones de la propia vida.


Andrea López

15 views0 comments