• andrea lopez

Aprendizajes de una década: Divagaciones de una corredora pro-vida o en defensa del DNF

Es difícil para mí hablar de este tema, porque me encanta pontificar acerca de los beneficios de la actividad física y, en particular, del trail running, y también siento un llamado a motivar a las mujeres a que se atrevan a hacer distancias más largas en esta disciplina. Pero también creo que es necesario reconocer los contra en términos de salud que tiene correr -o incluso, caminar, como me dicen que hago- más de 42 kms. Y esto se vuelve más urgente ante discursos promovidos en las redes sociales y la cultura de rudeza asociada al trail, con frases como “Death before DNF”, o “No rendirse jamás”. En mi opinión, si no tienes DNFs es porque estás corriendo carreras muy fáciles o tienes un muy buen plan en la isapre.


Aparte de cuando se me ocurrió en 2012 ir a hacer La Misión después de matar mi banda iliotibial en las 24 horas en pista, no he estado más de dos semanas sin correr en los últimos 10 años. Pero en los últimos años, en ese intento masoquista que tenemos los ultrarunners de “explorar los límites” y cumpliendo mi sueño de ser deportista profesional por un año, azoté bastante a mi cuerpo compitiendo y, en consecuencia, tuve que gastar sumas considerables tratando de arreglar los daños causados.


La tesis

Mi año 2017 partió yéndome a fines de enero a terminar de escribir mi tesis a Nueva York para ponerme presión y defender el 31 de Mayo. Vivía casi como ermitaña, tomando litros de café, y saliendo tal vez día por medio a recorrer los 7k de Prospect park por el asfalto, evitando el hielo y la nieve. Entonces, cuando los Brooklyn Trail Runners empezaron a hablar de ir a las 50 millas del EC de Washington el 29 de abril, tuve que inscribirme. Ya llevaba meses sin trail y, aunque había hecho una carrera de 6 hrs y un par de maratones, sentía que algo importante le faltaba a mi vida. Además, dije, tengo que entrenar para Quicksilver, que era dos semanas después, y donde sí o sí tenía que hacer 16 horas para postular a la lotería de Western States. Días después, también haría 100 millas en Born to Run, pero esas eran para divertirme, me dije, así que no cuentan. Pero, en concreto, eran tres carreras, de 80k, 100k y 160k en 22 días, después de meses de un entrenamiento bien pajero condimentado con algunos esfuerzos mayores intermitentes, acompañado de los niveles de estrés más altos de mi vida tratando de arreglar la tesis. O sea, una receta para el desastre.


Partí las 50 millas a lo Walmsley porque eran bien planas, y tuve que terminar caminando los últimos 20k. Aún así, un resultado digno. Quicksilver, también. Tres días después, ayudando al Coyote a marcar la ruta de Born to Run, corriendo un poco por el rancho, todo parecía bien. Demasiado bien. Así que cuando me dijo si quería partir un día antes las 100 millas, pareció una idea prudente, para hacerlas más relajada. Hasta los 100k todo iba perfecto, pero de pronto, lo que tenía que ser pipí era sangre y sentía ganas permanentes de ir al baño. No bueno. Para contextualizar, Born to Run es como un gran festival donde se toma más de lo que se corre, y dura unos cinco días. Mi primer pensamiento ante este ominoso panorama de salud, debo confesar que fue: “No voy a poder correr el beermile, así no puedo tomar” (FF a mí regalando mi caja de 24 cervezas en L.A. Triste). Como soy una persona semi-racional, me dije: voy a esperar un poco antes de correr de nuevo. Me di un día entero para boludear en el camping, total, tenía tiempo. Me quedaban 40 kms y solo podía caminar porque cualquier intento de correr venía con la imperiosa necesidad de ir al baño, por falsa que fuera. Y así fue como caminé sin parar (excepto para comer esos burritos gloriosos en cada loop) para tener mi bola tarahumara de finisher. Y llegué de vuelta a Santiago a comienzos de junio (después de defender la maldita tesis) a hacerme exámenes de sangre e imágenes ($) para saber qué estaba mal, y empecé los 65k de Putaendo pensando que ya estaba bien, pero me di cuenta de que la infección o lo que fuera seguía ahí, por lo que solo llegué hasta el km 25. Volver al doc con los resultados de los exámenes ya me pareció demasiado. Las imágenes no mostraban nada, había niveles elevados de algo en la sangre (esperable después de todas esas carreras), y me autoprescribí dejar de correr unos días.


Hasta acá, lo justificaba como un resultado esperable para cuando uno trata de hacer bien dos cosas a la vez. No sé si la tesis resultó bien, pero resultó, y no había “entrenado” bien, por lo que no podía pedir demasiado deportivamente.


En algún momento había tomado decisiones independientes que, al juntarlas en el calendario, revelaron un panorama certero: no había forma de trabajar el segundo semestre si estaba inscrita en Tahoe 200 (Septiembre), Moab 200 (Octubre) y tenía un pasaje a Nepal para Noviembre-Diciembre (época en la que se puede hacer el EBC). Iba, por lo tanto, a hacer bien una sola cosa esta vez: correr.


Esta vez, el entrenamiento lo hice bien, aunque, por supuesto, podría haber hecho más. Tampoco pretendía de verdad ser deportista profesional, pero sabía que las 200 millas no es algo que puedas falsear.


Tibial derecho post Tahoe 200. Pasaban cosas

Tahoe 200. A mitad de la carrera, sabía que había una lesión en mi pierna. Había pagado un seguro y tal vez debería haber ido a ver qué tenía antes de Moab 200. Pero temía que, según lo que había encontrado en la enciclopedia de Google, esa sensación de congelamiento y electricidad en mi tibia fueran una fractura por estrés.


Cara post-Tahoe 200, creo que con maquillaje y todo



Así que decidí visitar Parques Nacionales en EE.UU. sin correr. Por dos semanas. Y no enterarme de si tenía una fractura porque eso significaría no poder correr Moab. También en la carrera, probablemente por mi tendencia al bruxismo, había roto un trozo de mi muela ($). Y me había desmayado. Y dicen que correr hace bien.


Moab 200. Esta terminó técnicamente bien, aunque aluciné por todo un día. En realidad, estaba bien sorprendida de que nada de mi pierna hubiera molestado por 380 kms y 104 horas. Todo parecía demasiado bueno para ser verdad. Lo era.


Entre esto y Nepal pasaría unos días turisteando en NY con amigas, y en medio de toda esa diversión no noté que algo comenzaba a pasar en mi cara (cuestión que descubrí retrospectivamente en fotos).




Al fondo, el Everest

FF a Nepal, donde irónicamente fui a subir cerros de 5,600 mts, haciendo la ruta lo más rápido posible (por eso de la identidad ultrarunner), estando a días de poder acceder a asistencia médica, con una infección en mi muela. Probablemente eso y el hecho de que había bajado varios kgs en los últimos meses (ante lo que mi cuerpo siempre protesta) contribuyeron a otra desgracia, porque siempre puede ser peor: intoxicación alimentaria. Grave. Muy poco bueno en ese contexto.


Así que abandoné la idea hacer el último paso alto que me faltaba en la ruta de los 3 pasos, y bajé directo a tomar la avioneta a Katmandú, donde viví escenas del exorcista por una semana en una pieza de hotel, viendo Netflix en mi teléfono. Se suponía que iba a ir a otro parque después del EBC, pero cambié mi pasaje ($$) para volver a Santiago a intentar salvar mi cara y mi vida.


Llamemos a las fotos de arriba, "expectativas"; y a esta, "realidad"

Cuando ya pude caminar un poco, fui a un dentista a unas cuadras del hotel. Lo más insalubre que se puedan imaginar. Uno siempre alaba las diferencias culturales hasta que no sabe si está muriendo y está en medio de la montaña, o tiene que ir al dentista en Nepal. Es ahí cuando aprecias las ciudades, los hospitales y la medicina occidental (y tampoco estaba con mucha tolerancia a las diferencias culturales después de sentirme asqueada por las miradas masculinas en Nepal, pero eso da para otras 10 páginas). De todos modos, después de pagar 10 dólares y pasar delante de todos los que estaban esperando, la dentista logró explicarme que mi muela tenía un tratamiento de conducto infectado y me dio Amoxicilina, que bajó la hinchazón. Después de un breve paso por New York, de vuelta en Santiago, fui a varios dentistas, quienes concluyeron que la muela no podía ser salvada y que iba a necesitar sacarla y poner un implante ($$$).


Lo que quedaba de mí. Mi cuerpo solo puede verse así a costa de estar enfermo, por lo que no quiero verme así nunca

Esto parece muy random y no relacionado con correr, pero hablando con una amiga ultrarunner que suele hacer carreras largas y difīciles, descubrimos que habíamos vivido exactamente lo mismo con nuestras muelas post-carreras.


También fui al traumatólogo a preguntar por el impulso eléctrico remanente en mi pierna y me hizo sacar una especie de resonancia de todo el cuerpo para ver qué estaba mal ($$), donde no apareció nada sobre mi pierna, pero sí que tenía algo así como una fractura en la costilla (pero me dijo que no me preocupara, que la fractura podía pasarse sola, o que podía ser un tumor, y que volviera a hacerme el mismo examen en un mes ($$)). Ya que no me había caído, creo que la mochila de trail running pudo tener algo que ver con lo de la costilla, pero según el segundo examen estaba bien.


Y ese fue el fin de mi año dedicado al deporte. O eso pensaba, porque no sé cómo terminé haciendo otras cosas deportivas en 2018 de las que no vale la pena hablar acá, cuando se suponía que debía enfocarme en trabajar. Como para sumar a todo esto, y si bien no es culpa de correr, pero sí fue motivado por, y tal vez lo arruiné por irme a correr a los dos días: también me hice cirugía Lasik para la miopía ($$$$), porque era muy difícil ver de noche, especialmente manejando y en los senderos. Resultado: un ojo quedó mal y ahora veo arcoiris en las luces (incluidas las frontales).


La foto cuando todo iba bien en Ouray 100

FF a julio de 2018, Ouray 100, una especie de intermedio en lo que se supone era el retorno a la vida laboral en Chile. Una carrera que era más bien una excusa para volver a mi lugar favorito en el mundo, Colorado. Y toda esta larga diatriba era para defender mi DNF en esta carrera en la milla 85 de 100. Porque pasaron dos cosas que podían ser graves y $$$: la primera, mi cara estaba muy hinchada y, en particular, el lado donde me acababan de poner el tornillo antes del viaje (el implante requiere una fase de instalación de hueso, luego de un tornillo y, finalmente, la muela, lo que se demora en total un año).


Tobillo izquierdo post-verano gringo 2018

También me había empezado a doler un tobillo por delante, lugar donde coincidentemente me había quedado una protuberancia (que no dolía, pero era poco estética) por meses después del Endurance Challenge 2016 [una carrera donde aprendí que no tiene sentido terminar por terminar, aunque haya terminado. En esa carrera, mis padres estaban en el km 80, un pacer me esperaba en el km 110. Pero si ven mi cara de dolor cuando me masajeaban en la mitad de la carrera, pueden ver que esa cara es de alquien que sabe que no debería seguir. Estuve un año haciendo ejercicios (encontrados en youtube, porque lo de los kines es para gente con auspicios) para la tendinitis de la pata de ganso en ambas piernas, lesión que por suerte no molestaba al correr, pero sí al sentarme, acostarme o levantarme]. También tenía paja, frío y hambre como para hacer los 25 kms que faltaban en 8 horas. Pero si solo hubiera sido eso, juro que hubiera terminado (después de todo, había hecho 136 bajo mucha lluvia y tormentas eléctricas). El punto de esto no es, en todo caso, justificar esta decisión, con la que estoy muy feliz, ya que después de descansar por 24 horas, podía correr de nuevo, sino promover algo de racionalidad y autocuidado en los que hacemos esto por diversión, el sopesar las posibles consecuencias de terminar una carrera sabiendo que puedes estar haciendo daño permanente.


Avanzados los meses, lamentablemente, pude comprobar que los kms en Ouray, aunque no terminara la carrera, sumados a mi softrocking, mi casi-Wonderland Trail y varias otras cosas más durante ese verano gringo, seguidas de las poco racionales decisiones de hacer LGT y 160k en el EC (donde solo pude hacer 65) el segundo semestre de 2018, terminaron por colapsar mi tobillo, que ahora tenía un edema por el frente y se hinchaba por el lado cada vez que corría, cuestión que 2 de 4 traumatólogos ($$) opinaba requería operación con raspado de hueso, cambio de ligamento e instalación de una pieza metálica (no pregunté, pero vamos a apostar: $$$), lo que además tardaría 2 años en recuperarse (supongo que con kine: $$) para volver a correr a mis estelares ritmos actuales. Ante este panorama, ahora vivo en el pseudo-retiro deportivo, corriendo poco y evaluando el progreso del tobillo.


Había hecho todas estas anotaciones en distintos momentos de la vida y una conversación hoy me las recordó. Así que las posteo en un afán mesiánico de transmitir la poca sabiduría adquirida en 10 años de correr, en esta época del año en que el Maratón de Santiago te recuerda cómo ha pasado el tiempo y sigues corriendo porque, al final, los beneficios sentidos superan todos los contras.


Andrea López Barraza

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